lunes, diciembre 15, 2008

Fragmentos del 1701 al 1720

Para encontrar la verdad, nada como mantenerse en todo equidistante entre el entusiasmo y la acritud.

1701 (Pág. 202 – 1)

Todo lo que me impide trabajar me sienta bien. Hago chapuzas de la mañana a la noche..., por huir, por miedo, por nada...
La muerte del espiritu, esa incapacidad para concentrarse en otra cosa que no sean las mismas, las eternas manías que nos obsesionan.

1702 (Pág. 202 – 2)

Nadie como yo ha cuidado sus defectos con tanta minuciosidad y empeño.

1703 (Pág. 202 – 3)

Leo una biografía de Netchaiev. No hay nada comparable esos fanáticos que tuvieron una vida.

1704 (Pág. 202 – 4)

Desconfio de todo aquel que quiere mandar sobre otros. Esa arraigada tendencia, común a tanta gente... ¿es una superioridad, un defecto? Yo creo no poseerla. Siento la idea misma de dar una orden como algo ajeno. Y recibirla, más todavía. Ni maestro, ni esclavo. Eternamente, nada.

1705 (Pág. 202 – 5)

Mis ideas se asocian según un ritmo demasiado precipitado y arbitrario. Paso de una a otra sin pensar (nunca mejor dicho). Me inundan, sin que pueda obtener el menor provecho de ellas. Me gustaría poderles decir a cada una ellas: “¡Detente!”..., pero no me da tiempo.
Si dijera en voz alta lo que me pasa por la cabeza, me encerrarían inmediatamente, y no por la incoherencia de las ideas o las imágenes, sino a causa de su vertiginosa sucesión, de su desfile monstruoso y casi ridículo.

1706 (Pág. 202 – 6)

Mi vieja obsesión: romper con todo, retirarme a una cueva... ¡Ay! Si no temiera tanto el frío, sé que juntaría el coraje suficiente como para abandonarlo todo... Esa debilidad me aplatana y me empuja a todos los compromisos.

1707 (Pág. 202 – 7)

Obsesión del paso del tiempo.
¡Pensar que cada instante que pasa ha pasado para siempre! Esta observación es trivial. Sin embargo, deja de serlo cuando la rumias tumbado en la cama y piensas en ese preciso instante, que se te escapa, que se hunde irremediablemente en la nada. Entonces te dan ganas de no levantarte nunca más y, en un acceso de sabiduría, piensas en dejarte morir de hambre.
Yo percibo físicamente la caída de cada instante en lo irreparable. Y después pienso en tal o cual pasaje de mi infancia: ¿dónde está el que fuí? Somos tan insustanciales como el viento, y, por mucho que escribamos poemas o corramos tras las verdades, sólo son reales las certidumbres de la inanidad. ¡Todo es vano, salvo el pensamiento de la Vanidad!

1708 (Pág. 202 – 7) (Pág. 203 – 1)

Escuchaba a Chopin..., y después no sé cuántos años de indiferencia por ello.

1709 (Pág. 203 – 2)

No nos sentimos orgullosos cuando sufrimos, sino cuando hemos sufrido. Nuestras desgracias no son una lección de modestia. Y, a decir verdad, nada se torna modesto.

1710 (Pág. 203 – 3)

Pertenezco a ese grupo de escritores de corto aliento por simple horror a las palabras.

1711 (Pág. 203 – 4)

A un amigo que me consultó (¿¿??) acerca de su próximo matrimonio, le disuadí. “Pero me gustaría al menos dejar mi nombre a alguien, tener descendencia, un hijo...”. “¿Un hijo?”, le dije. “¿Y quién te asegura que no será un asesino?”. Desde entonces mi amigo no ha vuelto a dar señales de vida.

1712 (Pág. 203 – 5)

¡Ninguna religión más extraña que la cristiana! Su figura central es un proscrito.

1713 (Pág. 203 – 6)

24 de diciembre. A las 10 de la noche. Solo. Este año he leído tres o cuatro libros sobre Isabel de Austria, y acabo de terminar otro más. Mi pasión por ella arranca de la primavera de 1935, cuando en Munich leí Una emperatriz de la soledad de Barres.

1714 (Pág. 203 – 7)

La diferencia entre los creadores y los no-creadores estriba en que los primeros adoran hablar de sí mismos, mientras los otros lo detestan. Una obra personal es forzosamente una confesión más o menos enmascarada.

1715 (Pág. 203 – 8)

Tu alma contenía un canto : ¿qué lo ha sofocado?

1716 (Pág. 203 – 9)

La única ciudad donde el ridículo no mata es París. Es porque en ella se admira la falsedad y casi siempre triunfa..., lo ideal para fulminar el sentido del ridículo.

1717 (Pág. 203 – 10)

Existe un increíble placer en hablar mal de alguien a quien se conoce bien, o al que incluso se le considera un amigo.
Después, vergüenza y tristeza.

1718 (Pág. 203 – 11)

Los únicos amigos a los que verdaderamente queremos son aquellos con los cuales tenemos pocos puntos en común, que no poseen las mismas preocupaciones que nosotros, y a los cuales vemos lo más raramente posible. Por lo demás, la amistad sólo subsiste mientras no se ponga de manifiesto, mientras no pretenda ir más allá de lo que ésta es.

1719 (Pág. 204 – 1)

Telefonear a alguien y, de repente, de puro miedo al escuchar su voz, colgar el aparato... De este cariz son, en resúmen, mis relaciones con los demás. Un eremita teñido de sociabilidad.

1720 (Pág. 204 – 2)

1 comentario:

Carolina Caudillo dijo...

Graaaaacias por compartir! :)