sábado, enero 10, 2009

Fragmentos del 1721 al 1740

Fulanito es, ahora, mi bestia negra. Menganito lo será mañana, y así sucesivamente. Debemos considerar como un regalo de la Providencia la posibilidad que poseemos de verter sobre cualquiera de los demás nuestras reservas de bilis (sin que, por lo demás, ninguno lo sepa ni pueda apercibirse de ello de manera alguna). Tal es el precio exigido por nuestro equilibrio pues, en otro caso, seríamos nosotros el blanco de todos nuestros dardos.

1721 (Pág. 204 – 3)

Gottfried Benn... un bastante buen poeta con trazos del cantautor macabro.

1722 (Pág. 204 – 4)

No puedo interesarme por nadie a quien no le pese alguna fatalidad. (Mi pasión por los Habsburgo).

1723 (Pág. 204 – 5)

Ayer por la noche, 28 de diciembre, cantada por la coral de Heilbronn, la Cantata nº 68, Also hat Gott die Welt geliebt. El coro final, una fuga acompañada por los trombones, era una mezcla de alegría y de no se qué extraño y poderoso que me ha dejado casi loco. Se hubiera dicho el jubileo del Juicio Final... Aplaudí como un poseso. Hacía tiempo que no sentía una exaltación parecida.

1724 (Pág. 204 – 6)

Un mal crónico que padezco..., no, uno de los males crónicos que padezco es este catarro de laringe, acompañado de la atrofia de las mucosas nasales, una auténtica maldición para el escritor. Es así de simple, por otro lado : no escribo, en gran medida, a causa de esa pesadez que desciende sobre mi cabeza y paraliza mis facultades. Las orejas taponadas y las fosas nasales congestionadas me sumergen en un estado se semi-idiotez cotidiana. Conozco bien el lamentable, el miserable orígen de esas inhibiciones del espíritu, de la agonía de la idea misma ante mis propios ojos..., de esa derrota de la inspiración.

1725 (Pág. 204 – 7)

He leído en una revista inglesa la lista de monumentos demolidos de hecho por el barón Haussmann. Lo increíble es que el populacho le dejó hacer, que apenas encontró oposición alguna, etc. Nunca ciudd alguna ha sido desfigurada tanto, en tiempos de paz, como París.

1726 (Pág. 205 – 1)

Saber que es imposible dilucidar quién es inocente y quién culpable, y seguir juzgando, es algo que hacemos todos de una manera o de otra. Sólo estaría satisfecho el día en que ya no pudiera emitir juicio alguno sobre nadie. Excluída la vanidad, me entran a veces ganas de comprender y justificar a todo el mundo. El verdugo no es más libre que su víctima. Desde el momento en que desempeñamos el oficio de vivir, somos iguales que el resto, apenas un poco mejores que los demás.

1727 (Pág. 205 – 2)

No podemos menos que admirar a quienes tienen el valor de arrastrarse, de ser abiertamente cobardes, de confesar sus debilidades. Aunque puede que “admirar” no sea la palabra... Dejémoslo. A quienes sin duda envidiamos es a quienes, para triunfar, no retroceden ni ante el ridículo.

1728 (Pág. 205 – 3)

No temerle al ridículo, exponerse a él incluso... Hace falta para ello cierta fortaleza de ánimo. Los aventureros, en el sentido positivo y negativo del término, son una prueba indudable de ello.
Tener miedo al fracaso es temer el rídiculo, lo más mezquino que hay. Tirar p’alante..., en eso consiste justamente no temer convertirse en la burla de nuestros semejantes.

1729 (Pág. 205 – 4)

No conozco un solo hombre interesante que no haya tenido alguna enfermedad más o menos secreta.

1730 (Pág. 205 – 5)

¿A qué viene lo de demorarse tanto ante cosas ya dichas? El espíritu no sigue ciertos pasos más que cuando posee la paciencia de volver sobre ellos, es decir, de profundizar.

1731 (Pág. 205 – 6)

Los buenos escritores, observa Nietzsche, no escriben para “die sptizen und überscharfen Leser” (“para los lectores demasiado sutiles”). Y es cierto, el gran escritor no tiene nada de esteta.

1732 (Pág. 205 – 7)

El refinamiento es señal de vitalidad deficiente, en el arte, en el amor y en todo.

1733 (Pág. 205 – 8)

El auténtico escritor sólo se encariña de su lengua materna y se dedica a fisgonear en tal o cual idioma extranjero. Saber limitarse..., ese es su secreto. Nada más funesto para el arte que una desorbitante amplitud espiritual.

1734 (Pág. 205 – 9) (Pág. 206 – 1)

Nunca perdonamos a quienes apelan a nuestro orgullo.

1735 (Pág. 206 – 2)

Según cuenta Suetonio, al principio de la guerra civil, como Pompeyo declarase que consideraba como enemigos a todos aquellos que no permanecieran a su lado, César –en un rasgo de auténtica genialidad- anunció que él se situaría entre sus amigos los indiferentes y los neutrales.

1736 (Pág. 206 – 3)

Trabajar, producir, no es reflexionar, es justamente lo contrario. Reflexionar consiste en situarse aparte de todos los actos, y como por fuera de todas las ideas.

1737 (Pág. 206 – 4)

Señor, ¿por qué no me díste facultades a la medida de lo que siento, palabras dignas de mis momentos de felicidad o depresión?

1738 (Pág. 206 – 5)

Siempre he vivido con miedo a ser sorprendido por la desgracia..., lo cual ha envenenado mi existencia. Ese terror, mirado así, tenía su justificación. He intentado también tomarle la delantera: la desgracia siempre me ha encontrado recostado sobre ella misma cuando llegaba.

1739 (Pág. 206 – 6)

Armarse de paciencia, ¡qué frase tan cabal! La paciencia es, efectivamente, un arma y nada puede hacerse contra quien sabe proveerse de ella. De las virtudes, es la que más falta me hace. Sin ella, estamos indefectiblemente al albur del capricho o de la desesperación.

1740 (Pág. 206 – 7)

1 comentario:

Galenskald dijo...
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