domingo, mayo 14, 2006

Fragmentos del 81 al 100

“Una vez me vino la idea de que si hubiera querido aniquilar, aplastar, castigar a un hombre de porte implacable ante quien hasta el peor bandido temía enfrentarse, hubiera bastado con darle a su tarea un carácter de perfecta absurdez, de inútil absoluto” (Recuerdos de la casa de los muertos)
Casi todo lo que hago para ganarme la vida lleva esta marca de inutilidad, porque todo lo que no me interesa en absoluto se me antoja de una gratuidad que linda con el suplicio.

81 (Pág. 21 – 1)

A veces siento en lo más profundo de mí fuerzas infinitas. ¡Ay, y no sé en qué emplearlas! No creo en nada, y para actuar es necesario creer, creer, creer.... Desperdicio los días, puesto que dejo morir tales afanes. Con orgullo digno de un loco, zozobrar por tanto en la indignidad, en una tristeza estéril, en la impotencia y el mutismo.

82 (Pág. 21 – 2)

Rusia es una “nación vacia”, ha dicho Dostoievski. ¡Lo ha sido, ya no lo es, ay!

83 (Pág. 21 – 3)

“La tristeza según Dios produce un arrepentimiento saludable que no se recupera nunca, mientras que la tristeza del mundo produce la muerte. (Saint Paul)

84 (Pág. 21 – 4)

“Quienes la buscan [la muerte] más ardientemente que un tesoro...” (Job)

85 (Pág. 21 – 5)

Hay una cierta voluptuosidad en resistirse a la llamada del suicidio.

86 (Pág. 21 – 6)

¡Rusia! Siento una profunda atracción por este país que ha destruído al mío.

87 (Pág. 21 – 7)

Misericordia..., la de mundos que encierra esta palabra. ¡Donde no llegue la religión! Yo negué, renegé voluntariamente de Cristo, y es tal la perversión de mi carácter, que no puedo arrepentirme.

88 (Pág. 21 – 8)

Hace falta, para escribir, un mínimo de interés por la cosas; es necesario también creer que pueden ser atrapadas o al menos rozadas por las palabras; yo no tengo ya ni ese interés, ni esa fé...

89 (Pág. 21 – 9)

Su rudimentaria sonrisa.

90 (Pág. 21 – 10)

Oscila entre el cinismo y la elegía.

91 (Pág. 21 – 11)

Si pudiera escribir todos los días un salmo, cuánto cambiaría mi suerte. ¡Qué digo escribir! ¡Bastaría con que pudiera leerlo, de vez en cuando! Estoy de parte de mi salud en este caso: deduzco los medios para salvarme, pero no los tengo, no los encuentro...

92 (Pág. 22 – 1)

Los dos sabios más grandes de la decadente Antiguedad : Epicteto y Marco Aurelio, un esclavo y un emperador.

93 (Pág. 22 – 2)


4 de junio de 1958


Cada cual cree que lo que hace es importante, menos yo; también puedo no hacer nada...

94 (Pág. 22 – 3)

Leo algunos poemas de Alexandre Blok (¡ah, estos rusos, qué cercanos me resultan!). Mi forma de aburrirme es totalmente eslava. ¡Dios sabe de qué estepa habrán salido mis ancestros! Noto en mí, como un veneno, el recuerdo hereditario de lo ilimitado.
Además, soy como los sarmatas, un hombre con el que no se puede contar, un individuo equívoco, sospechoso e inseguro, de una duplicidad tanto más grave cuanto que es desinteresada. Miles de esclavos gritan a través de mí sus opiniones y sus dolores contradictorios.

95 (Pág. 22 – 4)

Tras una noche en blanco, salgo a la calle. Todos los paseantes semejaban autómatas, ninguno tenía aspecto de estar vivo, cada uno de ellos parecía como movido por un resorte secreto; movimientos geométricos, sin espontaneidad, sonrisas mecánicas, gesticulaciones fantasmales..., todo fingido.
No es la primera vez que recojo, tras el insomnio, esta impresión de mundo simulado, desierto para la vida. (Estas vigilias me chupan la sangre, me resecan; fantasma yo mismo, ¿como reconocer en los otros las señales de la realidad?)

96 (Pág. 22 – 5)

Más cerca de la tragedia griega que de la Biblia. Siempre he comprendido y sentido mejor el Destino que a Dios.

97 (Pág. 22 – 6)

Nada que sea ruso me es extraño.

98 (Pág. 22 – 7)

Mi hastío es explosivo. Es la ventaja que tengo sobre los grandes indolentes, que eran generalmente pasivos y dulces.

99 (Pág. 22 – 8)

El ruido..., un castigo, de antes la materialización del pecado original.

100 (Pág. 22 – 9)

1 comentario:

Luis dijo...

Hay errores en los fragmentos 92, 93 y 95. Creo que son más o menos evidentes al releerlos.