domingo, mayo 10, 2009

Fragmentos del 1761 al 1780

Me gusta contradecirme hasta la demencia; no, no se trata de una manía, sino de una fatalidad: algo que no puedo evitar.

1761 (Pág. 209 – 3)

No estás “muerto” cuando dejas de amar, sino de odiar. El odio conserva.

1762 (Pág. 209 – 4)

Soy un elegíaco que combate a las ideas, desde dentro y sin lograr nunca librarse de ellas.

1763 (Pág. 209 – 5)

Una certeza, siento la piedad más intensamente que el común de los mortales. Pero eso no prueba que sea mejor que ellos, no, sólo más débil.

1764 (Pág. 209 – 6)

Vuelvo a casa a las cuatro de la madrugada, un poco achispado. Las calles del casco antiguo desiertas, las contraventanas totalmente echadas: se diría un pueblo abandonado, no, una ciudad en la que todos sus habitantes yacieran muertos en el interior de sus casas. ¿Cómo podrán circular de día?

1765 (Pág. 209 – 7)

He ido a Gallimard por lo de la entrega a P. de su bastón de Académico. El público de siempre de los cocktails. Una impresión fúnebre : P. de uniforme, rodeado de ancianas y de escritores dudosos..., después de haber rehuído, durante toda su vida, de tales honores. De forma muy nítida, esa sensación de entierro o de boda provinciana.

1766 (Pág. 209 – 8)

Depresiones como las mías no son “normales” más que durante la adolescencia y en la extrema decrepitud.

1767 (Pág. 209 – 9)

He pasado un par de horas maravillosas con una familia rusa. ¡Lo poco que han cambiado desde sus grandes novelas! Y cuán hermosa esa inadaptación. Por lo demás, la adaptación es señal de falta de carácter y de vacío interior.

1768 (Pág. 209 – 10)

Me ubico en una zona indefinida entre la poesía y la prosa, sin poder optar por una o por la otra; de los poetas tengo el ritmo, de los prosistas, la insistencia. Aunque más bien creo que, en realidad, para lo que no he nacido es para la palabra.

1769 (Pág. 209 – 11) (Pág. 210 – 1)

Puede suceder que el Alemán posea genio; lo que nunca posee es talento. (Para talento, el de los Judios en Alemania –para su maldita desgracia-; porque ha sido éste el que ha suscitadio los celos de sus conciudadanos más pesados...)

1770 (Pág. 210 – 2)

Cada generación vive en lo absoluto, es decir, reacciona como si acabase de alcanzar la cima de la historia.

1771 (Pág. 210 – 3)

El gran secreto de todo: sentirse el centro del mundo. Eso es exactamente lo que hace cada individuo.

1772 (Pág. 210 – 4)

22 de febrero... Hace un tiempo primaveral. Todo se deshace en mí, cada célula se abre, muy abierta. La primavera, recien cumplidos ya los cincuentra y tres, se dedica a cada momento a abrir todas mis heridas.

1773 (Pág. 210 – 5)

Había creído inocentemente que me había librado de la opinión, que es cosa baladí en realidad, y tal o cual palabra que me llega no deja de “hacer cualquier cosa”. Lo cierto es que la idea de indiferencia ha hecho en mí progresos tan increíbles que la tomo por un estado.

1774 (Pág. 210 – 6)

A., que propuso mis “Definiciones del Dolor” a una revista inglesa, vieron como le respondían: “It is too depressing”. [“Es demasiado deprimente”]

1775 (Pág. 210 – 7)

Es incisiva la idea de Spengler de que la autobiografía tiene sus orígenes en la “confesión” católica.
¿Hay “confesiones” antes del cristianismo?

1776 (Pág. 210 – 8)

Mi estado habitual es incompatible con la discusión seria de un problema. Estoy demasiado febril y en exceso deprimido para ello. Un mínimum de objetividad, éso es todo lo que anhelo, sin conseguirlo.

1777 (Pág. 210 – 9)

He intentado escribir cualquier cosa sobre la historia, algo que antaño me apasionaba y que ahora apenas me intriga, pero me resulta imposible aplicarme a la cuestión más allá de unos pocos días. Todo lo que no me concierne directamente me aburre... Me resulta penoso hacer tamaña confesión, que tiene, en cambio, la excusa de parecer perfectamente natural a los ojos de un poeta o de cualquiera que persiga su propia salud.

1778 (Pág. 210 – 10)

Me gustaría “convertirme”..., ¿pero en qué?

1779 (Pág. 211 – 1)

Para resignarse a ser desconocido hace falta cierta elevación de espíritu; no se consigue más que después de haber agotado el dondo de amargura de que se dispone.
O bien...
El ambicioso no se resigna a la oscuridad más que después de haber agotado todas las posibilidades de amargura de que dispone.

1780 (Pág. 211 – 2)